Cuento viejo y cuento nuevo (pero repetido)

Christian vino el 9 de septiembre, tomamos dos botellas de vino juntos y jugamos yenga. Fue bonito, pero desastroso al mismo tiempo para mí. Él lo planeó todo, por suerte. A pesar del “desastre”, igual me sentí feliz y hasta publiqué una foto en Instagram al día siguiente. Como era de esperarse, la alegría no me duró mucho y me prometí (por enésima vez) que yo no lo llamaría.

Claaaaaro, ya se lo imaginan. Lo volví a llamar. El 12 de octubre, a petición mía, vino a mi casa. Claro, él siempre muy ocupado, dijo que vendría solo por un ratito. Y así fue. Hizo lo suyo y se marchó. Conversamos un poco más de lo común, pero igual se fue.

Como siempre, ya me estoy planteando mi soledad eterna. Por favor, Dios, ilumíname o elimíname.